Ox en Mayo Alto: Perdidos pero felices
Una mirada crítica de la banda cordobesa sobre la industria musical

Ox en Mayo Alto
14 de agosto de 2024
En “Retromanía: La adicción del pop a su propio pasado” (2011), Simon Reynolds nos ofrece una interpretación bastante aguda de la industria musical contemporánea.
En el lado positivo, Reynolds insiste en que, como nunca antes en la historia, la música se ha expandido a niveles atómicos. Especialmente gracias a lo que entendemos como música indie o independiente.
Para muchos es difícil determinar qué es exactamente; algunos lo consideran un género en sí mismo, mientras que otros ven que abarca una amplia variedad de subgéneros y estilos como Indie Rock, Indie Pop, Indie Alternativo, POV: Indie, etc.
Sin embargo, en lo que sí podemos estar de acuerdo es en que se caracteriza por su enfoque artesanal y DIY (hazlo tú mismo) tanto en la producción como en la promoción. La música indie se distingue por su independencia creativa y comercial, permitiendo a los artistas gestionar sus proyectos sin las limitaciones de la industria musical convencional. Esta independencia ha sido posible gracias a la accesibilidad de las herramientas y recursos necesarios para producir música, lo que ha permitido a artistas de todos los niveles crear canciones, álbumes y sinfonías enteras desde la comodidad de nuestros hogares.
Las mejoras técnicas han puesto al alcance de las clases trabajadoras los insumos necesarios para poder producir canciones, discos y sinfonías completas bajo techo. Así, se ha vuelto relativamente baja la inversión necesaria para equiparnos en nuestras respectivas habitaciones con placas de sonido, micrófonos, antipops, DAWs y computadoras que nos permitan procesar sonidos de una manera más que satisfactoria.
Los artistas independientes hemos logrado, quizás sin quererlo, eliminar al costoso intermediario que representaban los estudios de grabación durante el siglo XX y principios del XXI. Esta “superación”, por así decirlo, también ha invitado a los músicos contemporáneos a interesarse por nuevas ramas de la estética sonora: ya no importa solo nuestro instrumento y las horas que dedicamos a la perfección de la ejecución; ya no importa solo nuestro amplificador y las diferentes formas en que responde a nuestro toque, sino que ahora también es crucial entender qué sucede con nuestros pedales, nuestros plugins, nuestro Shure M57, nuestros programas de edición de audio, etcétera.
En este contexto, la supuesta orfandad en la que habitamos ahora los músicos independientes, completamente vacíos de grandes sellos interesados en nuestra música, pero también vacíos de los técnicos que “ordenaban” nuestro caos compositivo, nos ha empujado a profesionalizarnos hasta la médula.
Ox en Mayo Alto, nuestra banda, comenzó a producir música precisamente en este contexto. No solo lejos de la industria musical contemporánea sino también, y por extraño que parezca, de lo que entendemos por “sociedad”: nuestros primeros EPs fueron compuestos, diseñados y formados en los fatídicos meses de los confinamientos por la pandemia de COVID. La imposibilidad de ver a nuestros amigos y seres queridos nos empujó a “contarnos” otra historia sobre el mundo, como si, detrás de la pandemia, las muertes, las vacunas y el dolor generalizado, hubiera un silencio total, una duda profunda, un nuevo espacio que nos permitiera crear otro universo.
Como una banda formada durante el auge de la era de Internet, comenzamos a trazar vínculos digitales entre nuestras composiciones y otras expresiones artísticas: desde la poesía hasta la narrativa, desde las artes plásticas hasta las artes multimedia, desde el teatro hasta el mundo cinematográfico.
Sin embargo, como dice Reynolds, no todo fue y es beneficioso en el nuevo panorama de la música occidental. El impacto de la tecnología, si bien abrió el camino a nuevas formas de experimentación musical, parece haber vuelto automatizables y reproducibles escenas musicales que antes requerían un trabajo analógico. Esta escena, tomada por sí misma, no es necesariamente negativa. Un ejemplo de aplicación exitosa puede ser el caso de gran parte de la cultura hip-hop, que logró desarrollarse como tal a través del “sampling” y la reversión, siempre técnica —es decir, tecnológica—, de materiales musicales antiguos.
Este fenómeno se vuelve, eso sí, de alguna manera perjudicial cada vez que se ata a las exigencias del mercado, hoy determinado por la velocidad, la instantaneidad y la necesidad de producir contenidos en masa.
Bajo la forma de productos enlatados, estos nuevos contenidos parecen estar vacíos de fondo. Los géneros más populares de nuestro tiempo (desde ciertas expresiones del pop hasta ciertas expresiones del rock estándar, trap, reggaetón, entre otros) provocan a veces la sospecha de que la misma caja de ritmos, el mismo timbre, la misma progresión de acordes bajo los mismos tonos, la misma cadencia armónica y melódica parecen ser el trasfondo sonoro de nuestra época.
La repetición infinita de lo enlatado no parece ser el único problema resaltado por el crítico británico.
Simon Reynolds insiste en que la fragmentación y diversidad del panorama musical ha resultado, en la mayoría de sus expresiones, en una “adicción” al pasado. La nostalgia, fruto de una idea espontánea de que “todo tiempo pasado fue mejor”, nos invita hoy a un reciclaje constante de sonidos y estilos del ayer.
Así, a la repetición infinita de “lo enlatado”, dice Reynolds, se suma la repetición infinita de “lo viejo”.
¿Cómo proteger, entonces y bajo este nuevo contexto, cualquier vector de innovación u originalidad? ¿Cómo producir un arte comprometido con su tiempo y su propio mensaje? ¿Cómo incorporar lo valioso del mundo de hoy y del mundo de ayer para producir la música del mañana? ¿Cómo surfear la ola protegiendo el núcleo espiritual de nuestros proyectos, pero al mismo tiempo sin ser arrastrados por ella?
Al menos nuestra posición, la de Ox en Mayo Alto, pero también la de muchas otras bandas, incluso bandas amigas nucleadas en Sepulchral Silence, parece ser la que en ajedrez se conoce como Zugzwang: aquella en la que cualquier movimiento permitido significa empeorar la situación.
¿Cómo puede empeorar, entonces, para mejor?
Nos gustaría hacer la música del mañana, sin saber cómo. Nos gustaría poder vivir de nuestro producto, sin saber cómo comercializarlo. Nos gustaría entrar en los circuitos necesarios, pero sin conocerlos. Nos gustaría ser parte del mundo contemporáneo, pero lo suficientemente lejos de él.
Suena a capricho, a comportamiento peligroso, pero también a una especie de adicción: la de conducir a toda velocidad, sabiendo que mucho más adelante, en cuanto termine la curva, hay una pared. Hasta ahora, solo tenemos una respuesta: lo hacemos porque nos gusta, porque nos permite habitar como nada más nuestro propio cuerpo y el universo que nos hemos narrado; pero sobre todo porque, honestamente, no conocemos otra forma.


